El problema y su origen Por el Pastor, Justo Román Acero R.

Abril 24 del 2018

 

Es un hecho incontrovertible que el hombre ha estado viviendo, desde tiempos inmemoriales, en un estado de moralidad y espiritualidad deplorables. En efecto, la historia confirma que de sus casi 6.000 años registrados, los períodos de paz, en este espacio de tiempo, no llegan en suma a 25 años.

 

La historia del hombre y la mayoría de sus  expresiones actuales, están saturadas de violencia, mentira, deslealtad, codicia, impureza, injusticia, frialdad, corrupción, vicios, amargura, deshonestidad, y toda suerte de males, que hacen del mundo entero un hábitat inseguro, temible y perverso. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que la historia del hombre es en gran medida la historia de su injusticia, de su codicia y de su maldad.

 

Pero, ¿Dónde y cuándo comenzó esta debacle? Y, segundo, ¿Cómo solucionarla?

 

Dios, en su infalible palabra, tiene ciertamente respuestas contundentes y satisfactorias a estas preguntas definitivas. El nos insta a considerar el problema desde sus orígenes, para que podamos entenderlo, enfrentarlo y vencerlo. Su deseo, y muy especialmente con sus hijos, es que vivamos en completa libertad y autoridad, de tal manera que el mal no tenga poder alguno sobre nuestras almas, y por el contrario el Espíritu Santo sea guiando todo nuestro ser para gloria del Señor Todopoderoso y Eterno.

 

 

A. El Comienzo.

La Santa palabra del Señor nos revela que en un momento de la eternidad, antes que hubiera sido creada la tierra, Dios, que es todo amor, compartimiento y generosidad, quiso precisamente compartir su gloria, creando toda una organización espiritual ordenada, que reflejara todos sus atributos y virtudes. Para ello, creó una gran cantidad de seres espirituales con diferentes rangos de autoridad y cercanía a El, que llevaran a cabo con gracia sus perfectos designios.

 

Así, la sagrada escritura habla de ángeles, serafines y querubines. Y dentro de esta última especie, dice que hizo un Gran Querubín Protector, que como su nombre lo revela, era el más grande, resplandeciente y sabio, y con el suficiente poder como para encargarle la sublime misión de la protección de la gloria de Dios delante de todo el resto de la creación.

 

En Ezequiel 28: 12 – 19, dice: “Tu eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado en hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe…; los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé entre las piedras del fuego, oh querubín protector. Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra; delante de los reyes te pondré para que miren en ti. Con la multitud de tus maldades y con la iniquidad de tus contrataciones profanaste tu santuario; yo, pues, saqué fuego de en medio de ti, el cual te consumió, y te puse en ceniza sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran. Todos los que te conocieron de entre los pueblos se maravillarán sobre ti; espanto serás, y para siempre dejarás de ser.

 

Así que el querubín protector, glorioso, sabio y alabador musical, se convierte ahora en fuente de toda maldad, desechado odiado y destinado a la destrucción total. Su pecado consistió, según el pasaje, en el orgullo magnificado en su enaltecido corazón; lo cual le valió que fuera sacado del reino de los cielos y fuera arrojado en la tierra, en donde sería colocada la perfecta imagen de Dios, esto es el hombre.

 

El querubín protector era totalmente responsable porque había sido creado perfecto, dice el pasaje, es decir, con absoluta libertad, independencia y capacidad para tomar las decisiones que quisiera tomar, fueran estas a favor de su razón de ser, la gloria de Dios, o en contra de ella, es decir, decidir a favor de su propia gloria. El querubín se decidió por esta última posibilidad y el resultado fue catastrófico. “Descendió al Seol tu soberbia, y el sonido de tus arpas; gusanos serán tu cama, y gusanos te cubrirán. ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tu que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo, en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribados eres hasta el Seol, a los lados del abismo” (Isaías 14: 11- 15).

 

B. La Manifestación.

Dios hace la tierra y en ella coloca al hombre, imagen viva de su perfección

(Génesis 1 y 2). No es un animal sin espíritu y sin voluntad propia. Es un ser perfecto, como había sido hecho el querubín protector; capaz de decidir a favor de la gloria de Dios obedeciéndole, o a favor de sus propios intereses egoístas, rebelándosele.

 

En Génesis 3, el relato sagrado nos cuenta que el hombre, instigado por el rebelde original, el gran querubín protector, ahora caído, toma la desafortunada y libre decisión de rebelarse contra Dios, negándole la gloria por la obediencia absoluta que El merecía, e inclinándose por vivir bajo su propio designio y gloria, bajo su conocimiento egocéntrico del bien y del mal.

 

Puesto que toda la humanidad estaba presente y activa en los genes de Adán, como lo confirman los últimos descubrimientos científicos acerca del ADN, sus descendientes en todas las generaciones subsiguientes, han nacido, nacen y nacerán, con la marca del rebelde caído.

 

No como un pensador dijo una vez, el hombre no nace bueno y la sociedad lo corrompe, sino que por el contrario, el hombre nace malo y forma sociedades como su propio corazón.

 

La imagen del Dios creador, bueno y justo, se diluyó en el hombre, convirtiéndose ciertamente en un lobo depredador para los otros hombres, y en un ser abominable a los santos ojos de Dios.

 

 

Pastor, Justo Román Acero R.

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