Estructura de la oración - Parte 1 Por el Pastor, Justo Román Acero R.

Septiembre 25 del 2018

 

Después de considerar ¿qué es la oración?, ¿Porqué debemos orar?, y ¿qué beneficios tiene la oración?, se hace necesario responder a la siguiente pregunta, ¿CÓMO ORAR?

 

El Señor Jesucristo aclaró, de manera definitiva: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos...” (Mateo 6: 6–13). Jesús, en este esquema maestro, reveló las partes esenciales de una oración efectiva y su respectivo orden.

 

En el llamado “Padre Nuestro”, es claro que la propuesta de Jesús no es emitir una oración tipo mágica, elaborada con supuestas palabras mágicas; esto sería, ni más ni menos, hechicería. Por el contrario, dos versículos antes (Mateo 6: 7), había advertido que la oración a Dios, no se hace con vanas repeticiones. De hecho, “Rezar” es repetir, que es lo que hacen los abogados con los artículos de los códigos jurídicos; pero “Orar”, como ya lo vimos en la definición de oración, es un ejercicio que involucra todo el ser de quien ora, y no solamente la memoria.

 

Según este esquema propuesto por el maestro divino, la oración, conforme a la voluntad de Dios, debe tener tres partes esenciales: Adoración, Petición y Proclamación.

 

Adoración: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6: 9–10).

 

Petición: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal;” (Mateo 6: 11- 13a).

 

Proclamación: “porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mateo 6:13b).

 

Así las cosas, este esquema de la oración maestra del Señor Jesús, nos responde perfectamente, a la pregunta: ¿CÓMO ORAR?

 

1. ADORACIÓN: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”

(Mateo 6: 9–10).

 

Como se puede observar en el esquema maestro del Señor Jesús, para adorar correctamente, se debe tener muy claro y en primer lugar: ¿A quién orar? Pareciera que la respuesta fuera obvia: Al único Dios verdadero y eterno. Sin embargo, sabemos que en la práctica no es así; pues lo normal, y muy especialmente en la tradición católica, por ejemplo, la invocación generalmente y en primer lugar, es a María, la madre de Jesús, luego, a un muerto beatificado por otro hombre, y cuando no, a un ser querido fallecido; esto sin contar con que aún, cuando oran invocando al Dios eterno y verdadero, no tienen clara conciencia de a quién se ora, ni qué espera Dios de quienes oran.

 

1.1. SE ORA A DIOS EL PADRE: La oración maestra del Señor Jesús nos enseña, en primer lugar, que a quien hay que orar, es a “Dios, el Padre nuestro” (Mateo 6:9a). Debemos dirigirnos a Él, por tanto, como a una persona viva, no a una fuerza ni a una imagen religiosa inerte, ni nada por el estilo (Salmo 115: 1-8). La orden del Señor es orar al Dios Padre; es decir, al engendrador y creador nuestro; y quien es el único, perfecto y amoroso sustentador de nuestras vidas. “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139: 1, 2, 15, 16).

 

Además, continúa el esquema maestro, debemos orar al Padre que no es mío, sino ”nuestro”, de todos los creyentes. Por lo tanto, dentro del “A quien orar”, debemos saber que el concepto de “Padre” conlleva el concepto de “familia”; y, por lo tanto, para ser atendidos plenamente por el Padre Eterno, se hace necesario que se tengan muy buenas relaciones con sus otros hijos. Así, no se puede orar, es decir hablar con Dios-el Padre, con eficacia, a menos que se esté involucrado activamente y en amor con su familia, que es su iglesia.

 

Dios el Padre sí escucha a los hijos independientes, aislados y autosuficientes, pero nunca podrá tener plena libertad para bendecirlos, si no están plenamente integrados a su familia y bajo su cobijo. “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos, porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18: 19, 20). “Reconoced que Jehová es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado” (Salmo 100: 3). “Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía. Allí envía Jehová bendición y vida eterna” (Salmo 133:1, 3).

 

Podemos decir que la relación con Dios, en este punto, es como una moneda que debe tener dos lados perfectos: Cara y sello; Relación individual con Dios, a través de su palabra con la oración devocional personal y diaria; y Relación fraternal comprometida con Dios, dentro de su iglesia, a través del culto semanal y sus diversos programas ministeriales. Si falta uno de los dos lados, se configura una relación endeble y prácticamente inútil, como una moneda con un solo lado.

 

1.2. SE ORA AL DIOS PADRE SUPREMO: El Señor, continúa desarrollando el importantísimo “A quién orar”, diciendo: “Que estás en los cielos”. El Señor Jesús nos revela que el Dios-Padre al cual debemos orar, no solamente es el Dios personal de los creyentes cristianos (“estás”), ni solamente es el Dios de la iglesia (“nuestro”), sino también es el Dios de los cielos. Es decir, es el Dios que está por encima de todo y de todos; que todo lo ve, que todo lo sabe y que todo lo puede. Es un Padre maravilloso, y todopoderoso.

 

El esquema nos enseña, entonces, que debemos orar con este sentido inmanente en nuestra oración acerca de su grandeza, describiendo este reconocimiento de la mejor manera posible; porque el tamaño de la respuesta a nuestras oraciones, está en proporción directa al tamaño del Dios al cual oramos. Oigamos al Espíritu enseñándonos a orar en los Salmos: “Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable” (Salmo 145:3); “Cuando veo tus cielos obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tu formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”(Salmo 8: 1,4). “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19: 1). “He aquí, los cielos y los cielos de los cielos, no te pueden contener” (2 Crónicas 6: 18).

 

Pastor, Justo Román Acero R.

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