Jesús presenta al Espíritu Santo - Parte 1 Por el Pastor, Justo Román Acero R.

Mayo 8 del 2018

 

Antes de ascender al cielo, el Señor Jesucristo habló extensamente a los apóstoles sobre las características divinas del Espíritu Santo de Dios, especialmente descritas en el evangelio de Juan, su amado apóstol. Despidiéndose en el aposento alto, aquel miércoles en la noche antes de bajar al huerto de Getsemaní, se refirió a este personaje máximo, describiendo perfectamente su naturaleza, sus funciones, sus manifestaciones y sus condiciones. Estudiaremos, entonces, en los capítulos 14 al 16 del evangelio de San Juan, la relación del Espíritu Santo con nosotros los creyentes, según Jesús.

 

Todo comienza en Juan 14: 15, 16: “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”.

Leamos con detenimiento:

 

1. Quien ha nacido de nuevo tiene una marca y sello visibles: un amor exclusivo hacia Jesús, porque cree en Él como único mediador entre Dios y los hombres (Juan 14:6; 1 Timoteo 2: 5; Hechos 4:12). Pero, ¿cómo se manifiesta ese amor salvador? Primero, desarrollando una firme confianza en él como su única fuente de respuestas acertadas en todas las circunstancias de la vida. Y, segundo, profesando a Jesús una obediencia absoluta, como su Divino Maestro y Señor. La obediencia (no la música), dice el versículo, es la primera y fundamental condición para que él (Jesús), conceda a sus creyentes su Santo Espíritu, llamado inicialmente “Consolador”. “Dios ha dado el Espíritu Santo a los que le obedecen” (Hechos 5: 32). “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14: 21, 23).

 

2. El Espíritu, llamado en primera instancia “Consolador”, viene del Padre, es decir, es igualmente “Divino”; Pero viene como consecuencia de la fe y la obediencia hacia Jesús: “ámenme, es decir, obedézcanme, y yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador”. El término “otro”, deja claro, implícitamente, que es “otro igual a él”. Y Jesús había afirmado “Yo y el padre uno somos” (Juan 10: 30); Luego el Espíritu Santo es igual al Padre. En conclusión, los tres configuran perfectamente un solo Dios. Aquí, en Juan 14:15,16, por primera vez, Jesús deja claro que la divinidad está expresada en tres personas distintas y poderosas, pero absolutamente fusionadas en una plena e indivisible unidad.

 

3. Respecto al ser humano, la función esencial de Dios, expresada tanto a través de Jesús como a través de su Espíritu, es la Consolación; porque es la función necesaria para cubrir la máxima necesidad del caído y muy adolorido ser humano. Es una expresión que refleja misericordia, amor, perdón y salvación en general. El nombre “Consolador”, entonces, hace referencia a la divina naturaleza y función del Espíritu Santo.

 

4. Desde el inicio de su presentación, en estos dos primeros versículos, Jesús dejó bien claro que, una vez que alguien se convierte a su señorío, el Espíritu llega a vivir en el creyente de manera definitiva. “para que esté con vosotros para siempre”. El suceso puntual que salva es amar a Dios, creer en Jesús, obedecerle recibiendo su señorío y salvación, y ser así llenos de su Espíritu; Todo a la vez, y de manera definitiva.

 

Así, el amor del Padre, la gracia de nuestro Señor Jesucristo y la comunión del Espíritu, de 2 Corintios 13: 14, son una experiencia hecha realidad, al momento que el creyente acepta el señorío y la salvación en Cristo Jesús, porque los tres son Uno. “En cristo también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:13,14). Dios es Tri–Uno, o tripartito, no partido en tres, como quedó el ser humano después de la caída. “Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. Pero la unción que vosotros recibisteis de él, permanece en vosotros...” (I Juan 2: 20, 27a).

 

Jesús sigue: Juan 14: 17: “el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros”.

 

5. El nombre que Jesús usa para presentar en primera instancia a su Santo Espíritu es, “Consolador”, porque hace referencia a su naturaleza y carácter divinos, los cuales le permiten ser solución única y esencial para el ser humano. Pero el nombre que le asigna, para referirse a su gran propósito, es “el Espíritu de Verdad”, porque Jesús dijo: “Yo soy la Verdad” (Juan 14: 6); Y también dijo: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17: 17).

 

Así, la presencia y manifestación del Espíritu, dependen de la fe en Jesús y de la obediencia a su palabra, respectivamente, porque ambos son la Verdad misma. Al fin y al cabo, Jesús es la palabra divina que vino a nosotros en forma histórica y humana (Juan 1: 1, 14).

 

6. El Espíritu de Verdad, entonces, es el Espíritu de Cristo, quien es el mismo Espíritu de la palabra de Dios. Cuando se recibe a Jesús, se recibe necesariamente al Espíritu de Dios, porque definitivamente son uno. “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12: 45).

 

Conforme a esta palabra de Jesús, no se puede afirmar: “Recibí a Cristo, pero me falta ser bautizado en el Espíritu”. Eso es anti-bíblico, y absurdo. Por el contrario: Ser llenos de Cristo es, necesariamente, ser llenos del Espíritu de Verdad o del Espíritu Santo de Dios. Esto sí está acorde con lo que enseña Jesús. Porque no puede ser posible que se haya recibido a Cristo, pero se haya quedado afuera su Santo Espíritu. Así que el Señor Jesús nos enseña, que la presencia de su Espíritu ya la recibimos cuando lo aceptamos a él como nuestro único Señor y como nuestro único Salvador personal.

 

7. Dice además Jesús en el versículo 17: “El mundo no lo puede recibir”. Recordemos que hay dos reinos: el Reino de Dios, llamado por el Señor Jesús “el Reino de los cielos”; Y “el reino del mundo”, en donde el diablo es su gran príncipe. “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12: 31). El reino del mundo, regido por el padre de la mentira (Juan 8:44), no puede ser regido por el Espíritu de Verdad de Dios. El mundo, saturado de no creyentes, está regido literalmente por el maligno y sus espíritus demoníacos, caracterizados por la mentira (2 corintios 6:14–18). De hecho el no creyente está regido por el príncipe de este mundo. Mientras que el Reino de Dios está regido por el divino Espíritu de Verdad.

 

8. Jesús, refiriéndose a los creyentes cristianos, representados por sus apóstoles, en su momento, afirma: “Vosotros le conocéis”. ¿Qué es “conocer”? Ciertamente es “poseer” (Mateo 1:24,25). El cristiano conoce al Espíritu de Verdad, es decir, lo percibe y lo experimenta desde el momento de su conversión a Cristo Jesús. Esto se sucede cuando aceptó a Jesús como su único Señor y Salvador personal. Ahora, le dice Jesús a su apóstoles, el Espíritu de Verdad “mora (tiempo presente) con” vosotros (obviamente antes de Pentecostés); Pero luego, “estará (futuro) en” (dentro) de ellos, (obviamente, después de Pentecostés), de manera definitiva (Juan 16:7).

 

Es claro entonces, que después del derramamiento del Espíritu Santo en la fiesta de Pentecostés, todos los creyentes subsiguientes, tendríamos al Espíritu de Verdad “en nosotros”, desde el momento en que recibimos a Jesucristo como Señor y Salvador personalmente. Repitámoslo: “En Cristo, también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1: 13, 14). Y Jesús concluye: “El que cree en mí, como dice la escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él..” (Juan 7: 38, 39a).

 

Jesús sigue su muy ordenada presentación: Juan 14: 26: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”.

 

9. En primera instancia, Jesús se refirió al Espíritu de Dios, como “Consolador”; Luego, como “Espíritu de verdad”; Y ahora, lo describe como “el Espíritu Santo”; presentando de esta forma la principal característica de su personalidad. Es decir, el Espíritu de Dios es absolutamente sin error, sin mancha, y sin el más leve atisbo de maldad. El Espíritu de Dios es absolutamente limpio, puro, bondadoso, sabio, justo y veraz. El Espíritu de Dios, el del Padre y de Jesús, es esencial y absolutamente Santo.

 

 

Pastor, Justo Román Acero R.

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