Las Ordenanzas En La Iglesia Por el Pastor, Justo Román Acero R.

Agosto 23 del 2017

 

Creemos que el Señor Jesucristo dejó para su iglesia dos ordenanzas claras y expresas, las cuales son de carácter ineludible, y que por tanto, se deben practicar y aplicar con total libertad individual, pero con profunda reverencia y estricta disciplina, en todos y cada uno de sus miembros. Estas ordenanzas son el Bautizo y la Santa Cena.

 

Sustento sagrado: Después de resucitar, el Señor Jesucristo regresó para ordenar a su iglesia que fueran por el mundo, haciendo discípulos, bautizándolos y enseñándoles todo lo que él había enseñado. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28: 19, 20).

 

Bautizar, quiere decir literalmente, “Sumergir”. Sumergir es colocar completamente debajo de las aguas. Romanos 6: 3 – 6 dice que el bautizo es una “semejanza” de la muerte y de la resurrección del creyente en Cristo Jesús. Bautizar es sumergir en las aguas,

ejemplificando la muerte al pecado, en el Señor Jesucristo, para luego emerger o levantar, ejemplificando la resurrección a nueva vida, en el Señor Jesucristo también. Por esto, se requiere ciertamente suficiente cantidad de agua para poder sumergir completamente el cuerpo del bautizado. Así lo practicaba Juan el Bautista: “Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados” (Juan 3: 23). “y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos 8: 38).

 

Jesús se hizo bautizar en el río Jordán (con bastante agua) antes de iniciar su ministerio, a los treinta años de edad. “Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán” (Marcos 1: 9). El bautizo es el siguiente paso después de aceptar libremente un pacto y un compromiso. Jesús se identificó en el bautizo con el pecador, sin ser pecador; y así se comprometió pública y totalmente con Dios y con el hombre, para efectuar esa salvación; y su primer paso concordante era la total inmersión, obviamente en muchas aguas.

 

El bautizo no es para poner nombre al bautizado, ni para proveer salvación. Jesús ya tenía nombre y ya era salvo cuando fue bautizado. El bautizo es para los que ya han abrazado el pacto de la salvación por la fe en Jesús; es decir, es el siguiente paso a la aceptación del señorío de Jesús por parte del creyente. Por el testimonio humilde y público del bautizo, el cristiano es confirmado en su fe, e involucrado en el cuerpo del Señor. Después del bautizo único e inicial, y como siguiente paso, viene la celebración del recordatorio perenne de su salvación, a través de la reiterada Santa Cena del Señor.

 

Así que, primero es el arrepentimiento y la fe libre y consciente en el señorío de Cristo; luego, la identificación pública por el bautizo; y finalmente, la Santa Cena del Señor, como recordatorio perenne. Pedro les decía: “Arrepentíos, y bautícese cada uno ….”, y añade, “los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron…..” (Hechos 2: 38a, 41a). Con Felipe se da el mismo caso. “ Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos 8: 36 – 38). Por esto, el bautizo no puede ser para niños; porque se requiere conocimiento, arrepentimiento, confianza, y decisión libre y voluntaria.

 

El inicio, entonces, de la vida cristiana, al igual que en la vida de Cristo Jesús, es la fe y el bautizo. “El que creyere, y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16: 16). El bautizo no salva; pero un verdadero salvo, se bautiza. La salvación es sólo por fe en el Señor Jesucristo.

 

La culminación de la fe cristiana, al igual que en la vida de Cristo Jesús, es la reverente y sentida participación del creyente bautizado, en la Santa Cena del Señor. De hecho, la Santa Cena fue lo último que el Señor Jesús compartió con sus discípulos, antes de ser sacrificado. “Llegó el día de los panes sin levadura, en el cual era necesario sacrificar el cordero de la pascua. Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 7, 14, 15, 19, 20).

 

Por las anteriores razones, tanto Jesús como el apóstol Pablo dicen que los elementos (pan y vino) se deben tomar “en memoria”.“….Haced esto en memoria de mí…. “ (1 Corintios 11: 24c, 25c).

 

Los elementos (pan y vino) mantienen su condición natural, pero el creyente los debe tomar con reverencia y con pleno entendimiento e identificación con lo que significa el sacrificio de Jesús por sus pecados, y asumiendo la responsabilidad y la libertad espiritual a que fue llamado. “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí” ( 1 Corintios 11: 27 – 29). Para tomar, entonces, la Santa Cena del Señor, se requiere que el creyente haya entendido antes toda la dimensión de la obra de Jesús en la cruz y se haya identificado plenamente con esa obra, hecha a favor de su perdón y de su salvación; y esto no se sucede de manera inequívoca sino en el bautizo. Por ello el bautizo debe ser ineludible condición para tomar la Santa Cena del Señor. Dios es un Dios de orden. “Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14: 40).

 

Pastor, Justo Román Acero R.

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