La Limpieza Espiritual Por el Pastor, Justo Román Acero R.

Agosto 28 del 2018

 

Es lógico y bíblico pensar, que Dios, el Espíritu Santo, no fluye a través de canales sucios o contaminados; por lo tanto, para “Andar en el Espíritu”, es ineludible mantenerse limpio espiritualmente. Porque Dios es santo, y requiere de un creyente santo para poder manifestarse e impartir sus más caras bendiciones (Deuteronomio 7:6; Hebreos 12:14).

 

Pero sabemos que vivimos en un medio contaminado, y que, aunque somos hijos del Dios santo, es imposible no ser tocado de alguna manera por el pecado y la maldad. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:8,10).

 

Así, ningún creyente cristiano vive “a un metro del piso”, por decirlo de alguna manera, sino que continúa pegado a la tierra, y por lo tanto susceptible al equívoco y al pecado. El mismo Señor Jesucristo no permitió que se le llamara “bueno” en este mundo, dejando bien claro que mientras participemos de la vida en la tierra, estamos influidos por el medio caído, y en permanente riesgo y tentación (Mateo 19: 16,17).

 

Así las cosas, el creyente tiene la responsabilidad de huir de la tentación y el pecado (1 Corintios 6:18; 10:14; 1 Timoteo 6:11; 2 Timoteo 2.22; 2 Pedro 1:14), so pena de correr con las consecuencias (Hebreos 12: 5,6). Pero el Señor, consciente de nuestra fragilidad y de nuestra necedad, y consciente de que la santificación es un proceso que implica tiempo y trabajo en el Espíritu, ciertamente provee la posibilidad de limpieza espiritual, en cuanto haya arrepentimiento genuino, y se esté dispuesto al cambio.

 

Recordemos: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1Juan 1:9; 2:1,2).

Y también en Proverbios 28:13, dice: “El que encubre sus pecados, no prosperará, mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”.

 

Recordemos también, que después de la caída adánica, lo único que humanamente generamos, es desechos despreciables que estorban y dañan. Así, el cuerpo produce desechos día y noche en todas sus diferentes partes; El alma genera casi naturalmente, desagradables desechos en sus áreas intelectuales, emocionales, sentimentales y volitivas; Y el espíritu genera desechos que se expresan en pecados ofensivos para el Señor. Y los desechos no eliminados pueden traer grandes problemas a la buena existencia de la vida, o a la existencia misma.

 

Por lo tanto, así como el cuerpo requiere permanente limpieza y eliminación de desechos, empezando por la eliminación del mortal CO2, a través de la ininterrumpida respiración, y el alma requiere limpieza a través del conocimiento, la alegría, el descanso y la recreación, y la voluntad requiere la ejecución disciplinada de responsabilidades productivas desechando la pereza y la postergación, de la misma manera, es necesaria una eliminación rutinaria del pecado delante de Dios, a través de la confesión.

 

La palabra “Confesión” en el idioma original de la Biblia, es “Homologeo”, que significa “Ponerse de acuerdo con Dios”; Por lo tanto, la confesión implica, descripción humilde de la falta, sin justificación alguna; confrontación con la voluntad de Dios expresada en su palabra; reconocimiento de la ofensa al carácter santo de Dios; arrepentimiento y dolor por la ofensa al Padre; y determinación y compromiso para no reincidir en la misma falta.

 

Se deja ver claramente, a través de toda la sagrada escritura, que la confesión nunca es ante otro ser humano también pecador, sino ante Dios, que fue a quien se ofendió, y cuya voluntad y ley, se violó. “Si confesamos … Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados …” (1 Juan 1:9); David confesó así: Ten piedad de mí oh Dios, conforme a tu misericordia; … Contra ti, contra ti solo he pecado …” (Salmo 51:1a, 4a). Ciertamente el único que puede “absolver”, es decir, declarar perdonado, es Dios  (Ver, Marcos 2:5–12). Cuando el Señor habla del poder para atar y desatar, hace referencia es a la autoridad que tiene la Iglesia cristiana o congregación de creyentes cristianos, para contrarrestar toda fuerza o persona que se oponga a sus propósitos en el Espíritu (Ver, Mateo 16:18,19; y 18:15-19).

 

De acuerdo a todo lo anterior, se concluye que “la limpieza espiritual” debe practicarse de manera diaria y permanente, para “Andar en el Espíritu”, que es como el Señor anhela que andemos día a día. Y también es obvio afirmar que es de vital importancia que mantengamos cuentas cortas con el Señor, y no que nos convirtamos en portadores de fardos de desechos inmundos, que nos hagan ver despreciables y malolientes en la presencia del Santísimo Señor. “Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1Pedro 1:13–16).

 

Pastor, Justo Román Acero R.

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