Johnnie Langendorff Por el Coordinador Juvenil, Didier Giraldo

Marzo 20 del 2018

 

 

Corrían las 11:30 de la mañana de un domingo cuando el joven Johnnie Langendorff se topó con el episodio más violento y mortal de la historia de Texas en un escenario inesperado: el templo de la Primera Iglesia Baptista de la pequeña localidad de Sutherland Springs.

Escondido tras unas gafas de sol y un sombrero de "cowboy", Langendorff relató a los periodistas congregados delante de la iglesia baptista cómo persiguió con su propia camioneta al joven Devin Kelley después de que éste atacara el templo con su fusil automático, matando a 26 personas e hiriendo a otros hermanos de la iglesia.

 

Se dirigía a ver a su novia cuando escuchó un intercambio de disparos delante de la iglesia y vio cómo un hombre blanco vestido totalmente de negro, Kelley, entró en su automóvil y se escapó.

En ese momento, otro hombre que perseguía al asesino disparándole con un rifle se acercó a la camioneta de Langendorff y le explicó rápidamente que Kelley acababa de tirotear a decenas de feligreses de la Primera Iglesia Baptista.

"Tenemos que perseguirlo -me dijo el hombre-, ha matado a muchas personas", Johnny no hizo ninguna pregunta y actuó sin pensarlo, dejando subir  al vehículo al otro individuo.

"Dije: 'vamos' Eso es lo que se hace", afirmó. "Persigues al tipo malo".

 

La pareja siguió al asesino varios kilómetros por la carretera hasta que Kelley perdió el control de su vehículo para estrellarse contra una zanja.

"Nos acercamos con el rifle del otro hombre gritándole a (Kelley) que saliera del auto, pero no se movió: ya estaba muerto".

 

El joven Johnnie mis queridos hermanos fue valeroso y al leer la noticia me preguntaba cual habría sido mi reacción, ayudar a perseguir y capturar al bandido que asesinó a hermanos de la congregación de manera vil y salvaje o quedar paralizado por el temor de ser también víctima y dejarlo escapar para después experimentar un sentimiento de frustración de que no moví ni un dedo para capturar al malo.

 

La Palabra de Dios dice en Josué 10:25

“No temáis, ni os atemoricéis; sed fuertes y valientes”

 

Con la ayuda de Dios ganamos batallas contra ejércitos que atentan contra nuestros hermanos.

Josué dijo a sus hombres que nunca tuvieran miedo, porque Dios les daría victorias similares sobre todos sus enemigos.

Dios nos ha protegido muchas veces y ha ganado victorias para nosotros.

 

El mismo Dios que le dio poder a Josué y que nos ha guiado en el pasado nos ayudará con nuestras necesidades presentes y futuras.

Acordarnos de su ayuda en el pasado nos dará esperanza para las luchas que nos esperan.

Cuando tenemos éxito somos tentados a apropiarnos del mérito y la gloria, como si lo hubiéramos logrado por nuestra propia cuenta, en nuestras propias fuerzas.

En realidad, Dios nos da las victorias, y sólo Él nos libra de nuestros enemigos. Deberíamos darle el mérito a Él y alabarle por su bondad.

 

Hasta pronto hermanos.

 

 

Coordinador Juvenil, Didier Giraldo.

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